Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2013



Siguiendo la luz, llegamos a Jesús…
“¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz”

¡Feliz Año! La Navidad no termina. El gozo de la presencia de Jesús entre nosotros es la luz que seguimos y que se presenta como el camino permanente que nos lleva a la paz y a la plenitud del amor de Dios. La Epifanía es la fiesta de la luz; fiesta de la estrella que guía con su luz la presencia del niño Dios y nos lleva hasta Él para adorarlo. 

Es la manifestación de Dios hecho hombre, no es la fiesta de los magos venidos de Oriente. Es la fiesta del “sol de justicia que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

Los Magos, que no se sabe muy bien quiénes eran, peregrinan hacia Belén, hacia la luz que les ha iluminado durante su viaje. La tradición popular indica que estos magos representan toda la humanidad que busca desde siempre a Jesús y lo encuentran en la humildad de un pesebre, en la sencillez de quien tiene buen corazón.

Podemos recorrer este camino de la siguiente manera.  

En primer lugar: “Levanta la vista en torno, mira…”, hay que saber mirar y observar, saber discernir lo que Dios nos indica y lo que quiere de nosotros, para ello contamos con la oración. 

En segundo lugar: para encontrar al Señor es necesario recorrer el itinerario de fe que cada uno tiene en su vida espiritual. Es un viaje de confianza en Dios, realizado con sabiduría y corazón. 

En tercer lugar: los magos son personas que miran y van en la misma dirección, observan el cielo y las creaturas, atentos a la estrella, atentos entre ellos. Esa solidaridad y unidad debe ser un signo de lo que también nosotros debemos hacer.  

En cuarto lugar: no hay que temer ante los errores que se puedan cometer. Los Magos también se pudieron equivocar; llegan al sitio equivocado, hablan con la persona equivocada, pierden la estrella, buscan un Rey y encuentran un niño. En este camino Dios les habla, se manifiesta.

Él sabe lo que debemos hacer y aún en medio de las dificultades, no nos abandona nunca; “al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron: después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.”

Así como los Magos no se rindieron y tiene la paciencia y la voluntad de comenzar de nuevo, nosotros también debemos seguir la luz de la estrella que nos guía: Dios con su amor, su misericordia y su paz. Debemos encontrar la alegría de ver a Dios en nuestras vidas, en los más necesitados, a pesar de los “Herodes” que deseen desviarnos del verdadero camino.

No permitamos que la presencia de ese niño, Dios hecho hombre, encontrado en nuestra vida, se esfume por negligencia, pereza o alejamiento de nuestra parte. Confiemos nuestro corazón a María Santísima, La Virgen Madre, quien guardando todo en lo profundo del suyo, nos invita a abrazar al niño Dios, sintiendo su presencia de amor y de paz. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

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