IIº Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de enero de 2013



¿Vacíos o llenos de Dios?
“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu…El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.”

La fuerza del Evangelio de hoy, está en el hecho que Juan lo relata como el primer signo cumplido por Jesús. Se hablamos de “milagro”, nos encontraremos ante algo un tanto simple ante la cantidad de enfermos, cojos, ciegos, sordos, leprosos que había en tiempos de Jesús. Si leemos  este episodio como “signo”, entonces estamos siendo invitados a observar los aspectos, detalles y mensajes que nos llegan a todos y cada uno de nosotros.



Las ánforas vacías, no hay vino…
Las bodas, en tiempo de Jesús, como hoy, son signos de la alianza de Dios y el pueblo de Israel, entre Cristo y la Iglesia: “como se alegra el esposo por la esposa, así tu Dios se alegrará por ti” (Is 62, 5); es el gran misterio (Ef 5, 32) del que nos habla San Pablo. No podemos pensar en esto si no es en el ámbito de lo que es hermoso y gozoso de una fiesta. Es la mirada de Dios que siempre nos observa con ojos de misericordia y amor, que nos une cada vez más a Él.

El vino se termina y se termina la fiesta. Cuántas veces Dios nos guía a pesar de nuestra infidelidad, ante nuestra falta de caridad. La fiesta necesita del gozo, de la experiencia de amor que se manifiesta con la existencia del vino en la mesa de la vida; es el gozo de mantener vivo cada detalle que construye nuestro caminar en Cristo.

Las ánforas están vacías. Así somos nosotros. A veces, en los momentos en los que necesitamos dar testimonio de Cristo, estamos duros como una piedra y vacíos como esas ánforas, las cuales necesitan del agua viva que se llenan de la presencia de Cristo y su experiencia de vida en nosotros.

Jesús vino al mundo para llenar de nuevo esas ánforas y a darle plenitud a la fiesta de cada uno con el don del vino nuevo. No es cualquier vino, sino vino del bueno. No nos encontramos ante un simple milagro sino ante un signo que envuelve nuestra fe y relación Dios, que nos pide encontrar los fundamentos auténticos de esa relación alegre con Él y con los demás.

No nos asombremos si Dios nos pide que hagamos lo que Él desea para nosotros. Dios nos ama como hijos y siempre desea el bien para nosotros, aunque a veces pasemos por el camino de las pruebas. Aceptar lo que Dios nos pide es luchar contra aquello que nos obstaculiza caminar junto a Él.

La petición de la Virgen…
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para unirnos cada vez más como testigos fieles del Evangelio de la verdad y de la Eucaristía, indicándonos que el verdadero camino a seguir está en Jesús. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

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