La Inmaculada Concepción, 7 -8 de diciembre de 2008

María: modelo de esperanza y fortaleza…
Iº lectura: Gen 3,9-15.20; Salmo: 97; IIº lectura: 2Pe 3,8-14; Evangelio: Lc 1,26-38

En el tiempo de adviento, tenemos la invitación a preparar la venida del Señor, a ser discípulos vigilantes en espera del Mesías que viene. Al mismo tiempo, se nos presenta la figura y el ejemplo de una mujer que, en palabras de San Alfonso María Ligorio es "portadora de paz a todo el mundo", "primogénita de la gracia", haciéndose eco de la tradición de la Iglesia refiriéndose a la Virgen María, la Inmaculada Concepción.

Paz y esperanza, ¡fuera el miedo!
El dogma de la Inmaculada Concepción decretado por el Papa Pio IX en el año 1850, nos lleva, junto a las lecturas de este domingo, a reflexionar sobre algunos temas específicos: en primer lugar, debemos sentir la alegría que el adviento proporciona, el carácter penitencial que también propone y la presencia de María en este itinerario. Esto nos da la esperanza, nos da la fuerza para salir ilesos del pecado, para reconocer y no dejarnos influenciar por la tentación del enemigo que desea quitarnos la vergüenza para no ser fieles a Dios. La actuación de Adán y Eva en el jardín del Edén causa un efecto de tristeza por las consecuencias del pecado pero ello abre igualmente un camino: la esperanza de vivir en la luz emprendiendo el verdadero camino. En segundo lugar, se nos invita a vivir, con la gracia de Dios, en perfecta armonía y unidad. Este aspecto es necesario cultivarlo y mantenerlo ya que la unidad es, junto con la armonía, aspectos que ayudan en la esencia del ser humano y su crecimiento. En tercer lugar, junto a la caída del hombre y de la mujer y de la unión y armonía que se debe vivir en Dios, surge la figura de María Santísima. Ella es el lazo de unión entre el pecado y la unión con Dios. Su figura maternal nos da la certeza de ser hijos llamados a vivir en paz, unidad y armonía. María es la llena de gracia, es la elegida para ser la Madre de Dios, la madre de todos y cada uno de nosotros, la mujer decidida que sin miedo, nos enseña que la armonía es posible, que la unidad es factible, que la pureza y la sinceridad son caminos de vida. María, la madre de este itinerario de Adviento, la luz que enciende nuestros corazones nos muestra la vía a seguir: "Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho".

A la luz de la nueva evangelización
Es hora de reconocer los pasos de Dios, de levantar la mirada a quien nos llama y nos busca en medio de las dificultades y nos invita a convertirnos. Este momento es favorable para vivir en unidad, esto no es una utopía, es una realidad ya que el gran problema de la desunión y desamor en la actualidad es porque de nuestro espíritu hemos alejado la verdad. Más que nunca la tarea evangelizadora de la Iglesia es actual, está presente en nuestra vida y es nuestro deber ponerla en práctica. Debemos sentir el llamado de Dios para vivir definitivamente en armonía, apartando totalmente las divisiones, el odio y el rencor, surgidos y radicados por la influencia del maligno quien no cesa de rodear la pureza del amor que Dios nos regala cada día. En nuestras familias, en los pobres y excluidos, en quien practica la injusticia, en quien usa la maldad para fines personales y supuestamente provechosos, en quien abusa de la autoridad, en quien humilla y maltrata al ser humano, en quien aparta a Dios de su vida; en todos ellos debe reinar la invitación: unámonos a la nueva evangelización, salgamos y seamos portavoces de la alegría y el gozo de ser hijos de Dios, de quien proviene armonía y unidad. Así sea.

Con Maria camminiamo insieme
La solennitá dell’Immacolta Concezione di Maria Santissima, ci fa riflettere sulla condizione di ciascuno dei figli. Siamo figli di Dio, figli di Maria che vogliamo trasmettere al prossimo la gioia di essere discepoli del Signore. Ho letto un brano di Benedetto XVI, proprio in ocassione di questa feste. Riporto qui un discorso sulla Madre di Dio, da parte del Sommo Pontefice Benedetto XVI:

Cari fratelli e sorelle!
Quest'oggi celebriamo una delle feste della Beata Vergine più belle e popolari: l'Immacolata Concezione. Maria non solo non ha commesso alcun peccato, ma è stata preservata persino da quella comune eredità del genere umano che è la colpa originale. E ciò a motivo della missione alla quale da sempre Dio l'ha destinata: essere la Madre del Redentore. Tutto questo è contenuto nella verità di fede dell'"Immacolata Concezione". Il fondamento biblico di questo dogma si trova nelle parole che l'Angelo rivolse alla fanciulla di Nazaret: "Rallegrati, piena di grazia, il Signore è con te" (Lc 1,28). "Piena di grazia" - nell'originale greco kecharitoméne - è il nome più bello di Maria, nome che Le ha dato Dio stesso, per indicare che è da sempre e per sempre l'amata, l'eletta, la prescelta per accogliere il dono più prezioso, Gesù, "l'amore incarnato di Dio" (Enc. Deus caritas est, 12).
Possiamo domandarci: perché, tra tutte le donne, Dio ha scelto proprio Maria di Nazaret? La risposta è nascosta nel mistero insondabile della divina volontà. Tuttavia c'è una ragione che il Vangelo pone in evidenza: la sua umiltà. Lo sottolinea bene Dante Alighieri nell'ultimo Canto del Paradiso: "Vergine Madre, figlia del tuo Figlio, / umile ed alta più che creatura, / termine fisso d'eterno consiglio" (Par. XXXIII, 1-3). La Vergine stessa nel "Magnificat", il suo cantico di lode, questo dice: "L'anima mia magnifica il Signore... perché ha guardato l'umiltà della sua serva" (Lc 1,46.48). Sì, Dio è stato attratto dall'umiltà di Maria, che ha trovato grazia ai suoi occhi (cfr Lc 1,30). E' diventata così la Madre di Dio, immagine e modello della Chiesa, eletta tra i popoli per ricevere la benedizione del Signore e diffonderla sull'intera famiglia umana. Questa "benedizione" non è altro che Gesù Cristo stesso. E' Lui la Fonte della grazia, di cui Maria è stata colmata fin dal primo istante della sua esistenza. Ha accolto con fede Gesù e con amore l'ha donato al mondo. Questa è anche la nostra vocazione e la nostra missione, la vocazione e la missione della Chiesa: accogliere Cristo nella nostra vita e donarlo al mondo, "perché il mondo si salvi per mezzo di Lui" (Gv 3,17).
Cari fratelli e sorelle, l'odierna festa dell'Immacolata illumina come un faro il tempo dell'Avvento, che è tempo di vigilante e fiduciosa attesa del Salvatore. Mentre avanziamo incontro a Dio che viene, guardiamo a Maria che "brilla come segno di sicura speranza e di consolazione per il popolo di Dio in cammino" (Lumen gentium, 68).
(BENEDETTO XVI, 8 DICEMBRE 2006)

P. José Lucio

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