X Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de junio de 2013

“No llores”
“Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.”

I° lectura: 1Re 1, 17, 17-24; Salmo: 29; II° lectura: Gal 1, 11-19; Evangelio: Lc 7, 11-17

Una mujer, un ataúd, un cortejo. Estos son los ingredientes básicos en el relato de Naim que se coloca como escena la normalidad de la tragedia en la que se vislumbra el dolor más grande del mundo: la muerte. Es la oscuridad que absorbe la vida de una madre, de quien está privada de aquello que es más importante en su vida. Ese frío imprevisto denota y prevé que, de ahora en adelante, las cosas no serán como antes.

Esa mujer era viuda, tenía solo un hijo, él era todo para ella. Dos vidas precipitadas en un ataúd. Cuántas historias existen así en la actualidad. Cuántas familias donde la muerte es de casa. El Evangelio muestra a Jesús que llora junto a la mujer. Jesús entra en el corazón de esta mujer, de esta madre. Entra en la ciudad como forastero y se convierte en prójimo.

¿Quién es el prójimo? Le preguntarían en una ocasión. Quien se acerca al dolor de los demás, quien se carga sobre sus hombros la tristeza de quien sufre, quien busca la manera de consolar, aliviar, curar en la medida de lo posible.  El Evangelio nos dice que Jesús sintió compasión por ella. La primera respuesta del Señor es probar dolor por aquel de la mujer. Ve el llanto y se conmueve, no prosigue sino que se detiene y dice con ternura: “no llores”. Aún así, no se conforma de sentir compasión, Él la consuela liberándola. Se acerca a una persona que se pregunta: ¿por qué me está sucediendo esto? ¿Qué he hecho? Ninguna señal nos dice que aquella mujer fuese una creyente más que otros y aún así, Jesús está allí.

Lo que hace mover el corazón de Jesús es el dolor, su sufrimiento, su vida. Aquella mujer no pide nada, pero Dios escucha su súplica, la súplica universal y sin palabras de quien no sabe cómo pedir, de aquel que tal vez no tenga fe y Él se acerca, cercano como ella al cuerpo inerte de su hijo, cercano como el mejor de los padres: misericordioso, tierno, sencillamente padre. Se acerca al ataúd, lo toca, habla: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”, es el verbo usado para la resurrección. Se lo devuelve a su mamá, a su abrazo amoroso, le devuelve la vida, la esperanza, a los afectos que lo hacen sentirse vivo, a ese amor que solo encontramos en la vida.

Todos glorificaban a Dios diciendo: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.” Jesús profetiza, anuncia a Dios en medio de su pueblo con su palabra, con su actitud. Anuncia a Dios en Naim y a cada “Naim” del mundo que se acerca, que llora, que sufre…y Él escucha su súplica. Anuncia la esperanza a quienes el dolor pareciera destrozarle el corazón y nos invita a transformar ese sufrimiento en esperanza, en vida, en fe, siendo cercanos con los que puedan pensar que todo ha terminado con el dolor.

María Santísima, madre del maestro de la esperanza y del amor, haz que seamos cercanos a aquellos que, lejanos de Dios o cercanos a Él, se convierten en prójimo que ayudan a sembrar esperanza en medio de las dificultades. Así sea.

P. José Lucio León Duque

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, 2 de junio de 2013



EL PAN DE VIDA, PAN DE LA CARIDAD

Celebramos la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, y su presencia en la vida del hombre. Hoy, vivimos junto a Jesús esa presencia eucarística, siendo ella, certeza para todos nosotros de vida, esperanza y salvación.

Debemos, como verdaderos cristianos, recordar siempre a Dios, nunca olvidarnos de los dones y gracias que nos concede, recordar orar siempre por las vocaciones sacerdotales y religiosas y participar del banquete eucarístico, del Cuerpo y la Sangre de Jesús.

PRESENCIA REAL
En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11).

La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos lleva a reflexionar sobre los siguientes puntos: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!".

La nueva Evangelización debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio.

El papa Francisco nos interpela respecto a esta Solemnidad: “tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?”

MARÍA, MUJER DE LA EUCARISTÍA
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para ser adoradores en Espíritu y Verdad de la Eucaristía.

Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros. Así sea.

“¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor que se dona a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño espacio y no tener miedo de donar, de compartir, de amarlo a Él y a los demás?” Papa Francisco en la Solemnidad del Corpus.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

La Santísima Trinidad, Domingo 26 de mayo de 2013



Fuente de paz y de amor…
“…nos gloriamos hasta de los sufrimientos, pues sabemos que el sufrimiento engendra la paciencia, la paciencia engendra virtud sólida, la virtud sólida engendra la esperanza y la esperanza no defrauda…”

I°lectura: Pro 8, 22-31; Salmo: 8; II°lectura: Rom 5,1-5; Evangelio: Jn 16, 12-15
                             
El gozo del amor de Dios nos regala una gran fiesta. La Pascua no termina, Emaús continua haciéndose vida cada día; la presencia de Jesús en el cenáculo del corazón del hombre es símbolo constante en la espiritualidad de todos los cristianos. 

Cada celebración inicia invocando la Trinidad: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Es así que, nombrando con el corazón y los labios a Dios, somos testigos de su vida en nosotros. En este domingo se nos invita a alabar a Dios y admirarlo en sus obras y acciones; pidiendo constantemente su amor y su misericordia para que, creyendo en Él, seamos partícipes de la salvación.

La comunión con la Trinidad es vida…
La liturgia de la palabra, nos propone tener paz y vivir en ella. Ella es parte fundamental del comportamiento del cristiano, que desea cumplir la voluntad de Dios. A través de los siglos, se ha dado importancia suma a la presencia de la Trinidad en la vida del hombre y ello conlleva a meditar sobre las tres personas divinas.  

El padre, creador y rico en misericordia, nos muestra la grandeza de cada ser creado, de cada cosa que existe, de todo aquello que nos hace alabar su nombre y glorificarlo por siempre. 

El Hijo, salvador y hermano nuestro, por quien todo existe y en quien debemos confiar, escuchar su palabra y seguirlo como fieles discípulos. 

El Espíritu Santo, el santificador, que nos consuela, nos anima y dirige nuestros corazones a estar convencidos de su presencia en medio de todos. Dios, uno y trino, se hace vida en cada hombre y en cada mujer; se hace vida en lo cotidiano, se hace justicia cuando se presenta lo contrario; se hace amor cuando existe rencor; se hace realidad y verdad cuando la mentira y la desesperanza inundan el ambiente. 

Con motivo de la fiesta de la Santísima Trinidad, meditemos esta frase: “Oh misterio incomprensible, del cual todos se maravillan y en el cual se asombran sin cesar todas las gentes”. No se trata aquí de pensar en el misterio como algo que no se entiende, es maravillarse de aquello que, aún mostrándose como incomprensible, es real, verdadero y se presenta como el modelo que debemos seguir…

La Virgen María en la Trinidad
Cada día que pasa, tiene momentos concretos en los cuales la mirada al cielo debe ir acompañada de una jaculatoria u oración a la Santísima Trinidad. Ella está en nuestras vidas y junto a ella, contamos con la presencia maternal de María Santísima. 

Nuestra madre del cielo nos guía hacia la convicción de la presencia constante de Dios quien nos hace discípulos de su Hijo y, con la protección del Espíritu Santo, nos da la fuerza para unirnos a la Misión Evangelizadora, a la que todos estamos llamados como mensajeros de la paz, discípulos y misioneros.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

Solemnidad de Pentecostés, 19 de mayo de 2013

Testigos del Espíritu…
“Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo”

I° lectura: Hch 2,1-11; Salmo: 103; II° lectura: 1Co 12, 3b-7. 12-13; Evangelio: Jn 20,19-23

En este domingo son diversos los aspectos que podemos meditar: la espera de los apóstoles, las lenguas de fuego, el estruendo, el cenáculo y el rol de María en la vida de la Iglesia a la luz de Pentecostés. Todo esto forma parte de la solemnidad que tiene como punto central la presencia del Espíritu Santo en el corazón del hombre, en la vida de la Iglesia. 

La narración en la que la primera lectura nos cuenta lo que sucedió ese día, está llena de símbolos y signos propios de la vida del hombre. Entre ellos tenemos la presencia del Espíritu que penetra en la vida de los apóstoles, en María Santísima y en nosotros, y las consecuencias del sentirlo en la propia vida. 

El espíritu que desciende y se posa en los apóstoles es quien nos hace proclamar la grandeza de la vida en nombre de Jesús, quien fundando la Iglesia, nos deja el Paráclito para que seamos testigos del Evangelio. ¿Estamos preparados para recibirlo?

La luz del Espíritu
El esplendor de la liturgia cristiana acompaña esta gran Solemnidad donde la alegría de Dios, se refleja en la renovación que en la tierra y en cada uno de nosotros realiza el Espíritu. El canto del Espíritu Santo es entonado por tres voces: la primera voz es la de Jesús con la promesa del Espíritu Santo que se hace realidad en los discípulos que lo reciben para colaborar en el anuncio del Evangelio. 

Jesús presenta el Espíritu Santo como el Consolador, el Paráclito, es el defensor de la Iglesia y de aquellos que se encuentran inmersos en las dificultades que la actualidad presenta. Una segunda voz la encontramos en San Pablo, quien exalta la acción del Espíritu Santo en la vida del fiel que vive en plenitud el amor de Dios. El Espíritu hace salir al hombre del pecado en el cual ha encontrado muerte, transformando con la resurrección su existencia interior. El Espíritu hace del hombre un ser capaz de llamar y decirle a Dios, con convicción y total amor, “Abbà” (papá). Pentecostés hace de esto un canto sublime en la tercera voz, que transforma radicalmente la vida de quien vive en el Espíritu. 

Las lenguas de fuego que descienden, el hablar en diversos idiomas, en fin, toda la simbología de Pentecostés, borra la Babel de las lenguas, del pecado, de la confusión y abre las puertas a la nueva Jerusalén de la comunión. El don del Espíritu Santo, hace que cada uno de nosotros tenga la oportunidad de vivir en unidad, armonía y paz…si alguien no ha vivido aún esta dimensión del Espíritu, es hora de unirse a Dios y a su amor, dejándose guiar por su acción, que es vida en medio del corazón del pueblo.

Como discípulos y misioneros…
En este mes, dedicado de manera especial a la Virgen María, nos encontramos como testigos de la presencia del Espíritu Santo y ello nos debe hacer meditar sobre nuestro rol de discípulos quienes, caminando juntos con Cristo, nos dejamos guiar por su luz, su fuego, su presencia en medio de todos, ya que somos hijos de Dios y anunciadores del Evangelio de la verdad. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

VIIº Domingo de Pascua, la Ascensión del Señor



Mirar a Jesús sin vacilar…
“¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que les ha dejado para subir al cielo volverá como le han visto marcharse…”

Iº lectura: Hch 1, 1-11; Salmo: 46; IIº lectura: Ef 1, 17-23; Evangelio: Lc 24, 46-53

En diversas ocasiones se nos presenta la oportunidad de dirigirnos a Dios usando gestos particulares: mirando hacia arriba, hacia abajo, cerrando los ojos, etc. Este domingo se nos pide algo fundamental: mirar con atención, con fe, con esperanza a Jesús resucitado que va al cielo y, a su vez, se queda con nosotros.

Él está con nosotros, con todos…
Mirando el entorno podemos constatar la necesidad que existe en el corazón del hombre de hoy. Es fundamental reconocer en Jesús la compañía que nos ofrece y la promesa del Espíritu Santo que nos hace. En la vida cotidiana, en la casa, en el trabajo, en la oficina, en el campo, en cada uno de nuestros ambientes, sentimos la presencia del resucitado. 

Su promesa es estar con nosotros aquí y ahora, caminando a nuestro lado, convirtiendo nuestro corazón. No podemos olvidar que lo cotidiano se encuentra impregnado de materialismo y relativismo; se le está dando el lugar que no debe tener y se le abren las puertas a todo aquello que aleja de la presencia de Dios.

Este domingo de la Ascensión, mientras nos preparamos para la venida del Espíritu Santo, nos debe llevar a sentir una inquietud como en la última cena, en el calvario, en el sepulcro; un ardor en el corazón como en los discípulos de Emaús; una esperanza como aquellos que lo ven subir al cielo. 

Muchos hermanos y hermanas nuestros miran con ilusión el testimonio de quienes nos calificamos seguidores de Cristo. Hermanos y hermanas nuestros desean encontrar al Señor, quieren sentir la certeza que su promesa es una realidad que, a su vez, es posible vivirla en fraternidad. Seremos verdaderos discípulos si optamos por Él en el pobre, en el excluido, en aquellos que viven cada día la desesperanza pero que aún así, siguen fijamente mirando a Cristo para encontrar respuesta en quienes lo siguen…¿Estamos comportándonos como tal? ¿Somos verdaderos discípulos del resucitado?

Con María miramos a Jesús
Nadie mejor que María Santísima, nuestra madre, conoce a su hijo y es por ello que nos guía hacia Él. Ella nos enseña a caminar junto a Jesús, a mirarlo, sentirlo y experimentar su presencia. Queridos amigos y amigas, unámonos -de verdad- a la nueva evangelización que, en espíritu y verdad, nos invita el Señor a realizar en cada uno de nuestros ambientes y junto a nuestros hermanos, ya que su promesa es clara: estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.  

Dios bendiga a nuestras madres en este día en que se les recuerda de manera especial, a cada una de ellas la bendición de Dios se derrama abundantemente y la protección de la Madre por excelencia estará siempre presente. Así sea.

En esta Semana de Predicación en nuestras Comunidades Parroquiales encomendémonos al amor misericordioso de nuestro Padre Dios para que, en Espíritu y Verdad, seamos testigos de la fe en aquel que dio su vida por nosotros y, resucitado, nos da el aliento, la fuerza, la esperanza y el deseo de predicar con el ejemplo lo que su vida misma manifiesta en el amor.
  
P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com